Pensar es una capacidad maravillosa.
Gracias a ella planificamos, aprendemos y resolvemos problemas.
El problema aparece cuando la mente no se apaga, cuando da vueltas una y otra vez a lo mismo sin llegar a ninguna solución.
Pensar demasiado puede manifestarse como:
- Preocupaciones constantes
- Diálogos internos muy críticos
- Repetir conversaciones del pasado
- Anticipar escenarios negativos
- Dificultad para desconectar o dormir
Aunque desde fuera no se vea, esto genera un gran desgaste emocional y físico.
Muchas personas intentan solucionarlo “pensando mejor”, controlando los pensamientos o luchando contra ellos. Y sin darse cuenta, entran en un círculo aún más agotador.
En terapia aprendemos algo diferente:
👉 No todo pensamiento necesita ser resuelto
👉 No todo lo que piensas es un hecho
👉 Puedes aprender a relacionarte de otra forma con tu mente
Cuando dejamos de pelear con los pensamientos y empezamos a observarlos con más distancia, aparece algo muy valioso: espacio mental.
Espacio para decidir cómo actuar, para cuidarte mejor y para no vivir atrapado/a en tu cabeza.
Si sientes que tu mente va más rápido que tu vida, quizá no necesitas pensar más, sino aprender a escuchar de otra manera.