Cuando hablo de autoestima, me refiero a esa costumbre de evaluarnos globalmente como personas en función de lo que hacemos, de nuestros éxitos o fracasos, e incluso de la aprobación de los demás. El problema es que esto nos mete en una “montaña rusa”: si me sale todo bien y recibo reconocimiento, me siento valioso; si cometo errores o me critican, me siento inútil. Esa forma de pensar genera sufrimiento porque nos confundimos: no somos un examen, un comentario ajeno o un logro puntual. Somos mucho más que eso.
Por eso prefiero trabajar con la idea de autoaceptación incondicional. Esto significa aceptarme simplemente por el hecho de existir, sin condiciones, sin poner etiquetas globales de “bueno” o “malo”. Puedo evaluar mis conductas, emociones o pensamientos de manera concreta (y aprender de ellos), pero sin confundirlos con mi valor como persona.
Aceptar incondicionalmente no es resignarse ni “gustarse siempre”. Al contrario, es una postura realista y flexible: reconozco que me equivoco, analizo qué puedo mejorar y me comprometo con los cambios que quiero hacer. Pero nunca me condeno ni me reduzco a una etiqueta. Además, cuando me acepto incondicionalmente, mis emociones son más sanas: en lugar de culpa o vergüenza tóxica, siento tristeza, decepción o frustración, que son emociones útiles para aprender y crecer.
Esta aceptación también se extiende a los demás: si yo valgo por el simple hecho de ser humano, los demás también. Nadie vale más ni menos por su aspecto, sus pertenencias o sus logros.
En resumen, la clave es dejar de confundir lo que hago con lo que soy. Mis actos pueden ser buenos o malos, acertados o equivocados, pero yo sigo teniendo valor como persona, igual que cualquier otro ser humano. Eso me da estabilidad, fuerza y libertad para cambiar lo que quiero sin quedar atrapado en la montaña rusa de la autoestima.
Aquí te traigo un breve ejercicio para que puedas ponerlo en práctica.
¿Nos aceptamos de forma incondicional?
Lee las dos columnas (Autoaceptación vs. Autoestima) y marca en cuál te reconoces más.
Reflexiona: ¿condiciono mi valor a los resultados, a la aprobación o a no equivocarme?