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Vivimos en una época donde la certeza se ha convertido casi en un objeto de deseo. Queremos saber qué va a pasar, qué decisión es la correcta, cómo nos saldrán las cosas, si esa persona se quedará o si todo “irá bien”. Sin embargo, la vida no ofrece garantías, y eso, aunque duela, forma parte de la vida.

La incertidumbre no es el problema en sí. Lo que nos hace sufrir es nuestra lucha por eliminarla, por intentar controlar aquello que nunca podremos controlar del todo. Cuanto más tratamos de prever, asegurar o entender cada detalle, más atrapados quedamos en la ansiedad y la preocupación.

¿Por qué nos cuesta tanto tolerar la incertidumbre?

Porque nuestro cerebro está programado para buscar seguridad y predecibilidad. En tiempos antiguos, eso aumentaba nuestras posibilidades de supervivencia. Pero en el presente, esa misma necesidad de control puede volverse en nuestra contra: nos hace anticipar peligros, imaginar escenarios catastróficos o tomar decisiones impulsivas para aliviar momentáneamente la duda.

Desde la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) sabemos que muchos pensamientos ansiosos surgen de la necesidad de certeza: “¿Y si no soy capaz?”, “¿Y si me equivoco?”, “¿Y si todo sale mal?”.
Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), en cambio, se propone un giro: no luchar contra la incertidumbre, sino aprender a convivir con ella.

La aceptación como camino

Aceptar la incertidumbre no significa resignarse ni rendirse. Significa reconocer que no podemos controlarlo todo, pero sí podemos elegir cómo responder.
Podemos observar nuestras preocupaciones sin fusionarnos con ellas, practicar la defusión cognitiva y dejar que los pensamientos pasen, igual que las nubes cruzan el cielo.

A través del Mindfulness, aprendemos a regresar una y otra vez al presente, al único momento donde realmente podemos vivir y actuar. En lugar de buscar respuestas inmediatas, aprendemos a sostener la pregunta y confiar en que podremos afrontar lo que venga, cuando venga.

💬 Una práctica breve

La próxima vez que te sientas atrapado en la incertidumbre, prueba esto:

  1. Detente unos segundos y toma aire.
  2. Observa tus pensamientos sin intentar resolverlos. Solo míralos pasar.
  3. Pregúntate: “¿Qué puedo hacer ahora mismo que esté en línea con mis valores?”
  4. Da ese pequeño paso, aunque no tengas todas las respuestas.

La incertidumbre es un recordatorio de que la vida está viva, que no todo está escrito. Aprender a caminar con ella no elimina el miedo, pero sí nos devuelve la libertad de actuar, de avanzar, de seguir construyendo una vida con sentido, incluso en medio del no saber.

En Sara Perea Psicóloga en Sevilla, trabajamos la incertidumbre, y la ansiedad relacionada con ella desde una mirada humanista añadiendo la Terapia Cognitivo-Conductual, Análisis Funcional de la Conducta, y Terapias de Tercera Generación.