Hay una frase que escucho con mucha frecuencia en consulta.
«Sé que debería pensar más en mí… pero cuando lo hago me siento egoísta.»
Otras personas lo expresan de otra manera:
«No sé por qué me siento tan mal por decir que no.»
«Siempre acabo haciendo lo que los demás necesitan antes que lo que necesito yo.»
«Cuando por fin hago algo para mí, no consigo disfrutarlo.»
Si alguna vez te has sentido identificado con alguna de estas frases, quiero decirte algo importante:
No hay nada malo en ti.
Probablemente no seas una persona egoísta.
Lo más probable es que hayas aprendido, durante muchos años, que cuidar de los demás era más importante que cuidarte a ti.
Y cuando llevas tanto tiempo viviendo así, empezar a hacer algo diferente suele venir acompañado de una emoción muy concreta:
La culpa.
La culpa no siempre significa que estés haciendo algo mal
Existe una idea muy extendida:
«Si me siento culpable, será porque estoy haciendo algo incorrecto.»
Pero la psicología nos dice que esto no siempre es cierto.
La culpa es una emoción que aparece cuando creemos que hemos incumplido una norma importante.
El problema es que muchas de esas normas no las hemos elegido nosotros.
Las hemos aprendido.
Y algunas se convierten en reglas tan rígidas que terminamos viviéndolas como si fueran verdades absolutas.
Por ejemplo:
«Tengo que estar siempre disponible.»
«Si alguien se enfada conmigo, es culpa mía.»
«Una buena hija nunca decepciona a sus padres.»
«Si digo que no, dejarán de quererme.»
«Antes están los demás que yo.»
Con el tiempo, estas ideas dejan de sentirse como pensamientos.
Empiezan a sentirse como obligaciones.
Cuando cuidar de los demás se convierte en una forma de sobrevivir
Muchas personas no aprendieron a complacer porque fueran especialmente amables.
Lo aprendieron porque, en algún momento de su vida, hacerlo les ayudó.
Quizá crecieron en una familia donde había mucho conflicto.
Quizá descubrieron que ser responsables evitaba problemas.
Quizá recibían cariño cuando cuidaban de otros, pero no cuando expresaban sus propias necesidades.
Sin darse cuenta, fueron construyendo una conclusión muy poderosa:
«Para que me quieran, primero tengo que ocuparme de los demás.»
Ese aprendizaje tiene sentido.
Fue útil.
Les permitió adaptarse.
Pero el hecho de que haya sido útil en el pasado no significa que siga siendo saludable en el presente.
El verdadero miedo no es decir «no»
Muchas personas creen que su problema es poner límites.
Pero normalmente el límite no es el problema.
El problema es todo lo que imaginan que ocurrirá después.
Miedo a decepcionar.
Miedo a que alguien se enfade.
Miedo a parecer egoísta.
Miedo a perder una relación.
Miedo a que los demás cambien la imagen que tienen de ellas.
En realidad, no cuesta decir «no».
Lo que cuesta es tolerar la incomodidad que aparece después.
Y mientras intentemos eliminar esa incomodidad a toda costa, seguiremos diciendo «sí» incluso cuando queremos decir «no».
¿Eres egoísta… o simplemente nunca aprendiste a priorizarte?
Existe una diferencia enorme entre ser egoísta y cuidarse.
Una persona egoísta suele ignorar sistemáticamente las necesidades de quienes la rodean.
Una persona que nunca se prioriza suele ignorar las suyas.
Y curiosamente, muchas personas pertenecientes al segundo grupo tienen muchísimo miedo de convertirse en las del primero.
Por eso cualquier gesto de autocuidado les genera culpa.
Como si elegir descansar una tarde significara dejar de ser buena persona.
Como si poner un límite fuera una falta de cariño.
Pero no lo es.
Cuidarte también es una forma de cuidar tus relaciones
Hay una paradoja que merece la pena pensar.
Cuando siempre dices que sí para que nadie se enfade…
¿Realmente estás cuidando la relación?
O…
¿Estás evitando sentirte incómodo?
Porque son cosas muy distintas.
Cuando una relación solo funciona porque una persona siempre cede, no existe un equilibrio.
Existe un sacrificio.
Y tarde o temprano ese sacrificio suele transformarse en cansancio, resentimiento o distancia emocional.
Una pregunta que puede cambiar muchas cosas
La próxima vez que sientas culpa por hacer algo para ti, prueba a hacerte esta pregunta:
¿Estoy haciendo daño a alguien… o simplemente estoy dejando de olvidarme de mí?
No es lo mismo.
Y esa diferencia puede cambiar completamente la forma en la que interpretas esa emoción.
Aprender a cuidarte también requiere práctica
No vas a dejar de sentir culpa de un día para otro.
Y probablemente no sea ese el objetivo.
El objetivo es otro.
Aprender a reconocer esa culpa sin dejar que decida por ti.
Porque muchas veces la culpa no aparece para decirte que estás haciendo algo malo.
Aparece porque estás haciendo algo diferente.
Y cuando llevas años viviendo para los demás, empezar a vivir también para ti puede sentirse extraño.
No porque esté mal.
Sino porque es nuevo.
Pensar en ti no te convierte en una mala persona.
Poner límites no te hace egoísta.
Descansar no significa que seas irresponsable.
Y decir «no» no implica que quieras menos a quien tienes delante.
Quizá durante mucho tiempo aprendiste que tu valor dependía de cuánto hacías por los demás.
Pero tu valor nunca debería medirse por el número de veces que te dejas a ti mismo en último lugar.
Cuidarte no es un acto de egoísmo.
Es una forma de recordar que tú también formas parte de las personas que necesitan tu atención.
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