Hay dolores que no se ven.
No aparecen en una fotografía, no dejan necesariamente una marca visible y, en ocasiones, ni siquiera las pruebas médicas consiguen explicar completamente su intensidad.
Sin embargo, están ahí.
Al despertar, al caminar, al trabajar, al intentar dormir. Incluso en esos momentos en los que la persona debería estar disfrutando de algo agradable.
Pero hay algo que muchas personas con dolor crónico describen como especialmente difícil: sentir que nadie termina de comprender lo que están viviendo.
Porque al dolor físico, que ya supone un enorme desgaste, se le puede añadir otro sufrimiento: tener que justificar constantemente lo que uno siente.
Cuando tienes que demostrar que te duele
Imagina levantarte cada mañana sin saber cómo vas a encontrarte.
Hay días en los que puedes hacer algunas actividades con relativa normalidad. Otros, en cambio, tareas tan sencillas como ducharte, cocinar o salir a dar un paseo requieren un esfuerzo enorme.
Y entonces aparecen comentarios que, aunque muchas veces se hacen con buena intención, pueden resultar profundamente dolorosos:
«Pero ayer estabas perfectamente».
«Tienes que intentar distraerte».
«No puedes estar siempre pensando en el dolor».
«¿Y si todo es por los nervios?».
Quizá quien pronuncia estas frases intenta ayudar. Sin embargo, quien las recibe puede sentir que su sufrimiento está siendo cuestionado.
Y aquí conviene aclarar algo importante: que el dolor no sea visible no significa que no sea real.
Tampoco significa que una persona esté exagerando porque un día pueda realizar determinadas actividades y al siguiente no.
El dolor crónico puede fluctuar. Su intensidad y sus consecuencias pueden variar según múltiples factores, entre ellos la enfermedad de base, el descanso, la actividad física, el estrés y los mecanismos de modulación del sistema nervioso.
No todas las personas experimentan el dolor de la misma manera, ni siquiera cuando presentan un diagnóstico similar.
El dolor crónico no es solamente una sensación física
Durante mucho tiempo hemos aprendido a entender el dolor de una forma bastante sencilla: si algo duele, significa que existe un daño en alguna parte del cuerpo.
Pero la ciencia del dolor nos ha enseñado que su funcionamiento es mucho más complejo.
El dolor es una experiencia sensorial y emocional que depende de la interacción de distintos procesos biológicos, psicológicos y sociales.
Esto no significa que el dolor sea psicológico.
Significa que el dolor es una experiencia real en la que intervienen diferentes sistemas de nuestro organismo.
Por ejemplo, cuando sentimos dolor, nuestro sistema nervioso procesa información relacionada con posibles amenazas para el cuerpo. Pero esa experiencia también puede verse modulada por factores como la atención, las experiencias previas, el contexto o nuestro estado emocional.
En determinadas condiciones de dolor persistente, los sistemas encargados de procesar y modular las señales dolorosas pueden experimentar cambios que aumentan la sensibilidad.
Por eso, la intensidad del dolor no siempre mantiene una relación directa con la magnitud del daño tisular.
Y comprender esto es importante porque permite abandonar una idea que ha generado mucho sufrimiento:
«Si los médicos no encuentran nada, entonces el problema debe estar en mi cabeza».
No. Que determinadas pruebas no identifiquen una causa suficiente para explicar el dolor no significa que la persona lo esté inventando.
El dolor merece ser escuchado, evaluado y tratado.
Cuando el dolor empieza a cambiar tu vida
Hay algo que a menudo pasa desapercibido cuando hablamos de dolor crónico.
No se trata únicamente de cuánto duele.
Se trata de todo lo que la persona empieza a perder o modificar como consecuencia de ese dolor.
Quizá antes disfrutaba saliendo con sus amistades, practicando deporte o viajando.
Quizá tenía proyectos, rutinas y una manera de entenderse a sí misma que ahora siente muy lejana.
Y poco a poco pueden aparecer pensamientos como:
«Ya no soy la persona que era».
«Me estoy convirtiendo en una carga para mi familia».
«Mi vida gira alrededor del dolor».
«No sé cuánto tiempo podré seguir así».
Detrás de estas frases puede existir un sufrimiento emocional enorme.
Porque el dolor crónico también puede implicar un proceso de adaptación a cambios y pérdidas: actividades que ya no pueden realizarse de la misma manera, relaciones que se transforman, planes que deben modificarse o una sensación de autonomía que parece haberse reducido.
En ocasiones, la persona no solamente está intentando convivir con el dolor.
También está intentando recuperar una parte de su vida.
El miedo al dolor: cuando intentas protegerte y tu mundo se hace más pequeño
Imagina que un día realizas una actividad y experimentas un aumento importante del dolor.
Es comprensible que, la próxima vez, aparezca cierta preocupación.
«¿Y si vuelve a dolerme?».
«¿Y si empeoro?».
«Mejor no lo hago».
En algunas personas, este miedo puede favorecer que comiencen a evitar determinadas actividades.
Al principio, evitar puede proporcionar tranquilidad. Sin embargo, cuando la evitación se generaliza, puede terminar limitando progresivamente la vida cotidiana.
La persona deja de salir, reduce sus movimientos o abandona actividades que antes disfrutaba.
Y cuanto menos hace, menos oportunidades tiene de comprobar qué actividades puede realizar, cuáles necesita adaptar y cómo recuperar gradualmente parte de su autonomía.
Este proceso se relaciona con lo que en psicología conocemos como el modelo de miedo-evitación del dolor.
No obstante, hay una diferencia fundamental: no toda evitación es perjudicial. En determinadas enfermedades o situaciones médicas, reducir o modificar una actividad puede ser necesario.
Por eso, el objetivo no consiste en obligarse a hacer cosas a pesar del dolor, sino en aprender a distinguir entre las precauciones necesarias y aquellas restricciones que pueden estar manteniéndose principalmente por miedo.
Siempre teniendo en cuenta la situación médica de cada persona.
¿Y qué ocurre con las emociones?
Vivir con dolor persistente puede resultar agotador.
Es comprensible experimentar tristeza, rabia, frustración, miedo o desesperanza.
También puede aparecer ansiedad ante la posibilidad de que el dolor empeore o de que nunca desaparezca.
Y aquí existe una relación especialmente interesante.
El dolor puede influir en nuestro estado emocional, pero nuestro estado emocional también puede modular la experiencia dolorosa.
Por ejemplo, el estrés mantenido puede alterar el sueño, aumentar la tensión muscular en algunas personas y modificar procesos relacionados con la sensibilidad al dolor.
Del mismo modo, cuando una persona está muy preocupada por sus síntomas, puede dedicar una parte considerable de su atención a vigilar continuamente lo que ocurre en su cuerpo.
Esto no significa que preocuparse sea la causa del dolor.
Significa que determinados procesos pueden añadir sufrimiento a una experiencia que ya es difícil.
Y precisamente por eso, trabajar psicológicamente con el dolor crónico puede ser útil.
No porque el dolor sea imaginario, sino porque la manera en la que respondemos al dolor también puede influir en cómo vivimos con él.
La psicología no pretende convencerte de que no te duele
Este es uno de los aspectos que considero más importantes.
Cuando una persona con dolor crónico acude a un psicólogo, no debería encontrarse con alguien que intenta convencerla de que su dolor es producto de sus pensamientos.
La psicología no tiene como objetivo negar el dolor.
Tampoco consiste simplemente en enseñar a pensar en positivo, relajarse o distraerse.
La intervención psicológica puede ayudar a comprender cómo el dolor está afectando a diferentes áreas de la vida y qué procesos pueden estar aumentando el sufrimiento o dificultando la recuperación de actividades significativas.
Por ejemplo, podemos trabajar el miedo al movimiento, la preocupación constante, las alteraciones emocionales, las dificultades para establecer límites o la pérdida de actividades gratificantes.
También podemos ayudar a desarrollar estrategias para afrontar los días difíciles y recuperar, en la medida de lo posible, espacios de autonomía.
Y todo ello sin olvidar algo esencial: el abordaje del dolor crónico debe adaptarse a cada persona y, cuando corresponde, coordinarse con otros profesionales sanitarios.
Aceptar el dolor no significa resignarse
Hay una palabra que suele generar bastante rechazo cuando hablamos de dolor crónico.
Aceptación.
Y lo entiendo.
Porque cuando alguien lleva meses o años sufriendo, escuchar que tiene que aceptar su dolor puede sonar a rendición.
Como si le estuviéramos diciendo que deje de buscar soluciones.
Pero desde enfoques psicológicos como la terapia de aceptación y compromiso (ACT), aceptar no significa resignarse.
Significa aprender a reconocer la realidad que estamos viviendo sin que toda nuestra energía tenga que estar dirigida constantemente a luchar contra aquello que, en este momento, no podemos controlar.
Imaginemos a una persona que ha dejado de hacer prácticamente todo lo que le gustaba porque teme experimentar dolor.
La intervención no consistiría en decirle que ignore sus síntomas.
Consistiría en explorar qué actividades siguen siendo importantes para ella, cuáles puede recuperar de manera segura y cómo aprender a relacionarse de otra forma con el miedo, la frustración y la incertidumbre.
Quizá no pueda volver inmediatamente a hacer todo lo que hacía antes.
Quizá algunas actividades necesiten adaptaciones.
Pero eso no significa que deba renunciar a todo aquello que da sentido a su vida.
Aceptar no es dejar de buscar una mejoría. Es intentar que la vida no quede completamente suspendida mientras esa mejoría llega.
A veces, lo que más necesita una persona con dolor crónico es sentirse escuchada
No siempre necesitamos ofrecer una solución.
A veces necesitamos escuchar.
Escuchar sin interrumpir.
Sin comparar sufrimientos.
Sin cuestionar constantemente lo que la otra persona está sintiendo.
Y sin recurrir automáticamente a frases como «tienes que ser fuerte» o «intenta no pensar en ello».
Porque una persona que convive con dolor crónico probablemente ya lleva mucho tiempo haciendo esfuerzos enormes para continuar con su vida.
Quizá lo que necesita no es que le recuerden que debe esforzarse más.
Quizá necesita que alguien reconozca lo difícil que está siendo.
Y ese reconocimiento, aunque no elimina el dolor físico, puede reducir la sensación de soledad e incomprensión que muchas veces lo acompaña.
Para terminar: eres mucho más que tu dolor
Si convives con dolor crónico, es posible que haya días en los que sientas que toda tu vida gira alrededor de él.
Días en los que estés cansado de explicarte.
De acudir a consultas.
De probar tratamientos.
De hacer planes que después tienes que cancelar.
Y quizá también estés cansado de escuchar que tienes que mantener una actitud positiva.
No tienes que sentirte bien todo el tiempo.
Tampoco tienes que demostrar constantemente lo fuerte que eres.
Tu dolor merece atención, tu sufrimiento merece comprensión y tus dificultades no necesitan ser visibles para ser legítimas.
Pero también hay algo que me gustaría que recordaras:
Aunque el dolor forme parte de tu vida, no tiene por qué definir todo lo que eres.
Sigues teniendo necesidades, intereses, relaciones, deseos y proyectos que merecen encontrar su espacio.
Y aunque recuperar ese espacio pueda requerir tiempo, apoyo profesional y adaptaciones, es posible trabajar para que tu vida vuelva a contener algo más que dolor.
Porque vivir con dolor crónico ya es suficientemente difícil.
No deberías tener que vivirlo, además, sintiéndote incomprendido.
En Sara Perea Psicóloga te ayudamos, te comprendemos y te acompañamos en ese proceso. Por que sabemos qué es y lo que significa. Aplicando técnicas y herramientas desde la más absoluta evidencia.